Sobre el arte de ser lo que quieres ser

Cuando n8aya me pidió que colaborase con algún que otro artículo por aquí, me mostré en un principio bastante reticente. Por un lado porque mi estilo carece de la chispa y espontaneidad características del suyo. Por otro, porque la temática general de mis ensayos no se corresponde en absoluto con la dinámica del blog. Sin embargo, tras el reciente fallecimiento de quien dio lugar a que me plantease las primeras preguntas que fueron moldeando lo que soy (o me gustaría ser) y me habló acerca del derecho de soñar, decidí finalmente compartir esto por aquí, a modo de homenaje, para que navegue a la deriva del inmenso océano que nos proporciona internet.

Y como no puede ser de otra manera, escogeré esta vez una novela que marcó gran parte de mi infancia y adolescencia como apoyo para encauzar un poco esta humilde contribución:

En Harry Potter y la piedra filosofal, el joven mago mundialmente conocido es sometido a la famosa prueba del Sombrero Seleccionador, que tras un arduo análisis, concluye que nuestro protagonista debe pertenecer a Gryffindor. Pero, ¿qué fue lo que movió al sombrero a decidirse por esta elección? ¿Fue acaso la personalidad de Harry? ¿O fue algo más profundo que una simple lista de “virtudes y defectos”? A mí personalmente, me gusta pensar que fue Harry, con su tesón y sus ganas de ser un Gryffindor, quien convenció al Sombrero Seleccionador. Me gusta pensar que a pesar de tener características claras para entrar en Slytherin (no en vano, tenía una parte del alma de Voldemort), fueron la voluntad de Harry y su ferviente pasión las cualidades que determinaron la decisión final. Es decir, prevalecía el Harry que se esforzaría por ser sobre el Harry que se ponía el sombrero en ese momento.

sombrero-seleccionador-harry-potter-laplataventas-16447-MLA20120799512_062014-OA esto es a lo que me gustaría prestar atención. No importa quiénes seamos. No importa dónde hayamos nacido ni bajo qué condiciones nos han educado. Lo verdaderamente importante son las pequeñas decisiones que vamos tomando cada día para ser quienes queremos ser. El inconformismo y la reivindicación nacen, en buena parte, de una actitud de exigencia hacia nosotros mismos. Una necesidad de ser, cada día, más coherentes que el anterior. La perfección es y siempre será utopía. Pero la utopía, por definición inalcanzable, resulta absolutamente necesaria para no perder de vista la meta hacia la que queremos caminar, pues lo importante es el propio camino. No importan los errores cometidos en el pasado si de verdad tenemos la voluntad de cambiar quienes somos para ser quienes queremos ser. Esta transformación es gradual y paulatina. Lenta pero segura. Y se basa en modestas conquistas de la vida cotidiana que podemos ir logrando con pequeños sacrificios, en ocasiones meramente simbólicos.

Por otra parte, puede ser que cometamos el error de pensar que nuestra labor como ciudadanos críticos se limita a exigir a los demás un cambio. Y cuando hablo de “los demás”, me refiero a los colectivos a los que se culpabiliza de diversas situaciones que solemos considerar (con razón) injustas, indignas o degradantes. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, subyace un problema más profundo y, por tanto, difícil de erradicar. Y es que lo exijamos desde una posición moralmente superior e inmóvil, sin asumir que parte de la culpa la tenemos nosotros mismos, cegados por la comodidad y los lujos con los que nos compra el mercado.

No estoy convencido de muchas cosas en esta vida… Pero entre las pocas que tengo claras se encuentra la seguridad de que en este mundo tan convulso que nos ha tocado vivir, se nos presentan dos opciones concretas y evidentes: o enajenamos nuestra vida para que nos la compren los mercados; o abrazamos una causa y vivimos por y para ella. No hay término medio ni virtud. No existe la neutralidad en este caso. El ejemplo es nuestra mejor herramienta. Sin duda, el margen de acción individual es escaso. Pero dentro de tales límites, podemos tomar distintas decisiones que pueden implicar, a largo plazo, enormes cambios. El momento es ahora. Si de verdad estamos comprometidos. Si no queremos seguir arrojando a la basura derechos que han costado siglos de mares de sangre.

Apelo, entonces, a la necesidad de lanzarnos a ser lo que realmente queremos ser, y no conformarnos con ser lo que somos. ¿Lograremos convertirnos en aquello que soñamos? Por supuesto que no (a menos que hayamos optado por escoger el camino del conformismo y la resignación, y nuestro objetivo no tenga más grandeza que la de poseer y ser poseídos por artículos de lujo). El mundo no es una película de Disney. El mundo es mucho más complejo y grandioso. La belleza de la vida consiste en que ésta nunca nos facilitará la utopía, pues solo así podremos deleitarnos con cada paso y nos regocijaremos en las pequeñas conquistas y triunfos que sin duda iremos logrando durante el ínfimo periodo de tiempo que duren los latidos de nuestro corazón. Yo no he nacido para ser la persona soy. He nacido para construir, con mis acciones y decisiones, la persona que quiero ser. Aunque esa persona termine no siendo otra cosa que un proyecto. Un proyecto que, sin embargo, me otorgue una razón sincera por la que merezca la pena vivir. Incluso morir.

“Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo.” -Eduardo Galeano.

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